ROMA.- La muerte de un marroquí que estaba siendo esposado por la policía -cuya agonía puede verse en un impresionante video de cinco minutos en el que se lo ve tendido en el suelo, boca abajo, pidiendo una y otra vez, “¡ayuda! ¡basta!”, ante médicos que asisten impasibles a la escena-, conmovió a Italia y generó este lunes una nueva controversia de gran alcance político.
Todo ocurrió al mediodía de este domingo, una jornada tórrida, frente a unos estacionamientos de Pilastro, un barrio popular y multiétnico de la ciudad de Bologna. La policía fue llamada porque Abderrahim Fakir, marroquí de 42 años que vive legalmente en Italia desde chico, estaba fuera de sí. Nadie sabe si estaba alcoholizado o si había tomado alguna sustancia, pero comenzó a gritar y, en ese estado muy alterado, a golpear un auto.
Dos agentes que llegaron al lugar, llamaron una ambulancia y comenzaron un forcejeo para detenerlo. Uno de los policías, que tenía una bodycam -camarita que ahora está siendo utilizada en la investigación por homicidio culposo-, utilizó un aerosol urticante para calmarlo. Luego lo bloquearon tirándolo al suelo, poniéndole las manos detrás y subiéndose sobre su cuerpo, para inmovilizarlo y esposarlo.
En las imágenes filmadas por vecinos testigos del hecho, quedó registrado como el detenido reclamaba “¡socorro!” una y otra vez mientras los agentes ejercían presión sobre su cuerpo, al punto de aplastar su rostro contra el asfalto. El el video se puede ver también a un civil y personal de la ambulancia, vestido de rojo, que asisten a la escena, pero sin intervenir.
En medio del ruido de las cigarras, en un momento del dramático video donde todo parece ocurrir en cámara lenta, se ve que el hombre ya no se mueve. Pero los agentes siguen con su labor y terminan de esposarle los pies. Sólo más tarde un agente, que se da cuenta de que el hombre está inerte, trata de causarle una reacción moviéndole el rostro. Y nada. “¿Está respirando?“, empiezan a preguntarse. Solo después de que los dos agentes ya están incorporados, uno secándose el sudor de la frente, dan vuelta al cuerpo esposado. Y recién ahí, cuando ven el desastre, un médico inteviene, controla la pulsación, realizando que ya no hay nada que hacer.
