Día Mundial de la Prevención del Suicidio: “Pedir ayuda es una forma de volver a encontrar esperanza”

La psicóloga Micaela Olivera habló sobre las conductas de riesgo más frecuentes, los mitos que persisten sobre la salud mental y de qué manera el entorno cercano puede convertirse en una red de contención efectiva.

Imagen ilustrativa

Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, una fecha que nos recuerda la importancia fundamental de hablar sobre lo que muchas veces se calla. El suicidio no es un tema del que debamos huir, sino una realidad que exige empatía, escucha activa y contención.

Hablar a tiempo salva vidas. Para entender cómo detectar señales de alerta, derribar mitos y acompañar a un ser querido en momentos de crisis, El Sol de San Juan dialogó con la psicóloga Micaela Olivera.

-El Sol de San Juan: ¿Cuáles son las señales de alerta conductuales o emocionales más comunes que deberían encender las alarmas en el entorno familiar o laboral?
-Micaela Olivera: No existe una única señal que permita predecir una conducta suicida, pero sí hay cambios que podrían llamar nuestra atención, especialmente cuando son nuevos, intensos o se presentan de manera conjunta. Entre ellos podemos encontrar un aislamiento marcado, pérdida de interés por actividades que antes resultaban importantes o placenteras, cambios bruscos en el estado de ánimo, desesperanza, irritabilidad, sentimientos de culpa o de ser una carga para los demás. También pueden aparecer alteraciones importantes del sueño o del apetito, un descenso significativo en el funcionamiento cotidiano, aumento del consumo de alcohol u otras sustancias o conductas de riesgo. Hay que prestar especial atención cuando una persona comienza a hablar de muerte, de no querer vivir, de sentirse atrapada o de que los demás estarían mejor sin ella. También pueden aparecer conductas de despedida, regalar pertenencias importantes o comenzar a poner determinados asuntos en orden. Es importante no interpretar señales de manera aislada ni intentar hacer un diagnóstico desde afuera. La clave es observar cambios significativos respecto de cómo esa persona se comportaba habitualmente y animarse a preguntar.

 

-El Sol de San Juan: ¿Existen diferencias en cómo se manifiestan estas señales en adolescentes, adultos jóvenes o personas mayores?
-Micaela Olivera: Sí, aunque es importante evitar generalizaciones. La forma de expresar el malestar y los factores asociados al riesgo pueden variar según la etapa vital, el contexto y las características de cada persona. No existen señales exclusivas de una determinada edad. En adolescentes, el sufrimiento puede manifestarse mediante irritabilidad, cambios bruscos en el comportamiento, aislamiento, descenso en el rendimiento escolar, conflictos, impulsividad o conductas de riesgo. Estas señales son inespecíficas, pero adquieren mayor relevancia cuando representan un cambio marcado respecto del funcionamiento habitual y se combinan con desesperanza, expresiones de muerte o autolesiones. En adultos jóvenes, pueden cobrar importancia los conflictos afectivos, las dificultades académicas o laborales, la inestabilidad económica, la sensación de fracaso o la dificultad para proyectarse. Sin embargo, estos factores no implican por sí mismos un riesgo suicida y deben evaluarse junto con el estado emocional, los antecedentes y la presencia de otros indicadores. En personas mayores, es importante prestar atención al aislamiento, los duelos, la pérdida de autonomía, el deterioro de la salud, la sensación de ser una carga, el abandono de actividades y las expresiones de desesperanza. También conviene considerar que en este grupo el malestar puede presentarse de manera menos explícita y coexistir con problemas médicos, dolor crónico o pérdidas recientes. En todos los casos, lo más importante es observar cambios significativos respecto de la conducta habitual, preguntar cómo se sienten y observar el conjunto de factores de riesgo y de protección. Estas diferencias son tendencias generales, no reglas diagnósticas ni herramientas para predecir individualmente una conducta suicida.

 

-El Sol de San Juan: ¿Qué cambios en la rutina diaria —sueño, alimentación, aislamiento— suelen preceder a una crisis grave?
-Micaela Olivera: Los cambios en las rutinas pueden ser indicadores importantes, pero no necesariamente significan que una persona esté atravesando una crisis suicida. Lo relevante es observar cambios marcados y sostenidos. Puede aparecer insomnio o, por el contrario, dormir muchas más horas; pérdida o aumento significativo del apetito; abandono del cuidado personal; dejar de realizar actividades habituales; ausentismo laboral o escolar; aislamiento de familiares y amigos o un deterioro general del funcionamiento. También puede observarse un cambio llamativo después de un período de angustia intensa: por ejemplo, una persona que durante semanas estuvo muy desesperanzada y repentinamente parece estar mucho más tranquila. Ese cambio no debería interpretarse automáticamente como una mejoría, sino que merece ser observado y, si existen otros indicadores de riesgo, consultado con un profesional. Por eso es importante mirar el conjunto de señales y no buscar una única conducta que funcione como “prueba”.

 

-El Sol de San Juan: ¿Cuáles son los mitos más peligrosos o arraigados sobre la conducta suicida?
Micaela Olivera: Uno de los mitos más peligrosos es pensar que “si alguien habla de suicidarse, no lo va a hacer”. Hablar sobre la muerte o expresar pensamientos suicidas siempre debe tomarse en serio. Otro mito muy arraigado es que preguntar directamente por el suicidio puede hacer que una persona tenga la idea o aumente el riesgo. La evidencia no sostiene esto. Preguntar de manera directa, empática y sin juzgar puede abrir una conversación que permita detectar el riesgo y facilitar que la persona reciba ayuda. También es un error pensar que quien tiene una conducta suicida simplemente quiere morir. Muchas veces existe una ambivalencia profunda: puede haber un deseo de dejar de sufrir sin que necesariamente exista un deseo claro de dejar de vivir. Y quizá uno de los mitos que más necesitamos cuestionar es que se trata simplemente de una decisión individual en base a un sólo factor, o un sólo problema. La conducta suicida es un fenómeno complejo en el que interactúan factores psicológicos, sociales, familiares y contextuales. Por eso la prevención también requiere una mirada integral.

 

-El Sol de San Juan: Si una persona detecta que un familiar o amigo está teniendo pensamientos suicidas, ¿cuál es el primer paso concreto que debe dar?
-Micaela Olivera: El primer paso es acercarse, ponerse a disposición y preguntar, de manera tranquila y empática. Por ejemplo: “Te noto diferente y estoy un poco preocupado. ¿Cómo te estás sintiendo?”. No es necesario tener las palabras perfectas. Lo importante es abrir un espacio de escucha y tomar en serio las respuestas. Si la persona manifiesta intención de suicidarse, tiene un plan, acceso a medios para hacerlo o existe un riesgo que parece inminente, no debería quedarse sola y es necesario buscar ayuda profesional y de emergencia de manera inmediata.

Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

-El Sol de San Juan: ¿Cómo se puede acompañar a alguien en crisis sin juzgarlo ni hacerle sentir una
carga?
-Micaela Olivera: Primero, escuchando más y tratando de solucionar menos. Frente al sufrimiento muchas veces aparece la necesidad de decir frases como “tenés que ser fuerte”, “pensá en todo lo bueno que tenés” o “esto va a pasar”. Aunque suelen decirse con buena intención, pueden hacer que la persona sienta que no está siendo comprendida. Es preferible validar lo que está sintiendo sin validar la idea de hacerse daño. Podemos decir cosas cómo “Entiendo que estás atravesando algo muy doloroso y no tenés que atravesarlo solo”. También es importante ofrecer ayuda concreta, podemos acompañar a esa persona a pedir un turno, contactar a un profesional, ir a una guardia o permanecer cerca durante una situación de crisis. Y hay algo fundamental: acompañar no significa convertirse en el único sostén de esa persona. La prevención requiere construir una red y recurrir a profesionales cuando sea necesario. Pedir ayuda para alguien no es traicionarlo ni exagerar la situación: es una forma de cuidarlo.

 

-El Sol de San Juan: ¿Qué factores de entorno —como el aislamiento social, el ciberacoso o la presión financiera— están impactando más en la salud mental actualmente?
-Micaela Olivera: Actualmente se observan una combinación de factores individuales y sociales que pueden
aumentar la vulnerabilidad psicológica. El aislamiento social, la soledad, los conflictos familiares, la violencia, el ciberacoso y determinadas experiencias de discriminación pueden tener un impacto importante, especialmente cuando la persona siente que no cuenta con una red de apoyo. También existe una presión social muy fuerte vinculada con el rendimiento y la comparación. Las redes sociales pueden favorecer la comparación constante con vidas aparentemente perfectas, generar sensación de insuficiencia y aumentar determinadas expectativas sobre el éxito, la imagen corporal o el estilo de vida. En los adultos, las dificultades económicas, la inestabilidad laboral, el desempleo y la imposibilidad de proyectar a futuro también pueden convertirse en importantes fuentes de estrés. Pero es importante hacer una distinción: ninguno de estos factores, por sí solo, explica una conducta suicida. El riesgo surge de la interacción de múltiples factores y, del mismo modo, existen factores protectores muy importantes: vínculos significativos, acceso a atención profesional, capacidad para pedir ayuda, habilidades de afrontamiento y una red que permita a la persona sentirse acompañada y con posibilidades de encontrar alternativas frente al sufrimiento. La prevención no consiste solamente en intervenir cuando aparece una crisis, sino también en fortalecer recursos antes de llegar a ese punto. Hablar puede abrir caminos donde el dolor parece haberlos cerrado. Pedir ayuda es también una forma de volver a encontrar esperanza y nunca es demasiado pronto para hacerlo.

 

En San Juan, ante una emergencia puede recurrirse al 911 (CISEM), al 107 (SAME), o al 0880-999-0091 (Línea Nacional de Salud Mental).

Salir de la versión móvil